domingo, 3 de mayo de 2009

EL TRAUCO (Bestiario Infinito Nº 3)


“Y yo también como la tarde
toda me tornaré dichosa
para quererte y esperarte.
Iluminada de tus ojos
vendrá la luna,
vendrá la luna por el aire.”
MEIRA DELMAR (Colombiana)
- Es el hombre de mi vida –me dijo contundente.
Yo no creo en las personas para toda la vida, porque en este mundo no existen las certezas; pero no podía mantenerme impávida ante la contundencia luminosa de una de mis mejores amigas, y pregunté con genuino interés.
- ¿Y eso por qué?
- Recoge las pilas malas y las deja donde no contaminan.
¡Diablos! Me desconcertó. Una esperaría que alguien que se declara enamorada le encuentre el cometa Halley en los ojos, que su boca le recuerde el Mediterráneo, que su pecho desnudo le sugiera la imagen de una playa centroamericana, que sus manos le suelten los huracanes… Cualquiera de esas cosas, pero no se espera que ser rastrillo de pilas botadas por el mundo sea suficiente para que la mantenga a mil kilómetros del lugar donde yo necesito a mi amiga, a la que me mira y me sabe centímetro a centímetro, incluida el alma y la tormenta.
Aunque tiene sentido después de todo. Si caminas a su lado (además de ir recogiendo pilas de todos los tamaños) va ordenando las cosas. Entrar con ella a un Supermercado es una prueba de la flexibilidad y la rapidez: irá devolviendo los tarros al lugar que le corresponden, volverá a dejar la mantequilla que encontró entre medio de las virutillas y las ceras al lugar de los refrigerados, ordenará los carteles mal puestos y los precios chuecos en los visores, y todo mientras te habla de este mundo y el otro. Cuando recorre mis dominios domésticos, yo voy prendiendo luces, y ella va detrás apagándolas. Y si das una mirada rápida verás que ordenó mis collares por color y porte, sin que te alcanzaras a dar cuenta de cuándo fue eso.
- ¿Y cómo lo conociste? –le digo.
- En un bus, me senté a su lado. A mí me gustó la voz, después lo miré. Pero lo miré cuando ya me gustaba.
Este tipo de diálogos es el que me convence que es mía. No podía ser de otra manera. ¿Que una debe enamorarse de hombres que te cortejan? ¿Que una debe enamorarse después de un test de compatibilidad, de conocerle la carta astral y saber qué diente le salió primero? Eso quedará para las que van por la vida prendidas del cuerpo y la juventud, de las profesiones, de los happy hour y los trajes de satín con cuello mao. Nosotras, las otras, nos enamoramos de la ortografía, de la irreverencia, de la genialidad, de la voz o de un dibujo literario perfecto que nos pusieron en la mente. Nos deslumbran. Nos enamoramos del que se resiste o del que se rinde sin cláusulas, de los dañados que ya no confían o de los cándidos que van por la vida confiando todas las veces, del que invadimos o del que nos coloniza… Con la única condición que nos ame tan total, tan íntegra, tan brutal y tan inteligentemente, como somos capaces de amar nosotras.
- ¿Y cómo se llama?
- Manuel.
Pues ¿qué hacerle? Manuel, bienvenido a mi vida… (Yo sabía que en Chiloé habían Traucos).

LOS MEMBRILLOS Y LA MUERTE (Bestiario Infinito Nº 2)

“Tengo miedo y tengo amor,
¡amado, el paso apresura!
Iba espesando la noche
y creciendo mi locura.”

GABRIELA MISTRAL (chilena)


Tengo en el regazo un canasto con membrillos que me han traído de Ninhue y en las manos una servilleta con sal. Busco el más grande de ellos, el más perfectamente hecho de sol, aquel cuyo olor me transporta -como me sucede con frecuencia- a mis mundos pasados… Y quedo herida por un recuerdo antiguo, con la sien vaciada de pronto, pálida y desencajada.

Recuerdo un día de marzo, hace catorce años, cuando mientras sostenía un membrillo que había sobre la mesa y lo acercaba a mi nariz, mi abuela me avisó que se había suicidado. Me lo dijo sin prudencia, se abrió el tiempo y me sostuve de una silla, temerosa de caer en el hoyo enorme que había ante mí.

Diez años nos separaban entonces. Yo tenía 16 años y él 26 y era infinitamente triste. Nos unían dos pasiones: la poesía y la política. Y nos separaba quizás qué, ni siquiera alcancé a averiguarlo. Me quedé con el recuerdo de sus ojos verdes, de su barba espesa y su cuerpo suave. Me quedé con la promesa rota de no dejarnos nunca y con los trozos de un rompecabeza que no encaja.

La primera vez que lo besé fue bailando salsa en un local de la carretera. Le mordí con delicadeza el cuello, mientras sostenía su nuca, y luego me acerqué a la boca. Él temblaba y yo no, porque ya había temblado 3 años en silencio. Fue Diciembre del año anterior. Ahora que lo pienso, quizás la actual ausencia de baile en mi vida está ligada a esta pérdida.

El día anterior a que cerrara la puerta estuvimos diseñando carteles, pancartas y dípticos que él haría para ayudar a elegirme como la primera presidenta secundaria en democracia, la representante de los miles de estudiantes de las 21 comunas que conforman mi provincia. Me acompañó en el sueño de organización del movimiento estudiantil y conversamos largo sobre la libertad, los derechos humanos y la responsabilidad política. Me dijo que era brillante y yo le creí porque tenía la mirada limpia y serena.

A mi casa fue a avisar Bernarda y le dijo a mi abuela “Dígale con cuidado” porque ella sabía de nuestro vínculo; pero mi Encarnación no sabía de suavidades y me lo dijo, gritándome, desde la cocina, mientras yo olía el membrillo. Entonces supe que debía recoger mi tristeza e instalarla donde no necesitaba ser explicada: a un costado del lugar donde lo velaban envuelto en una bandera, en su modesta casa de calle Manuel Montt. Compré una rosa roja, me hice acompañar por otra amiga (la morena que hoy carga un niño hermoso y que en ese entonces sabía de aquel romance autocensurado porque no quería que otros opinaran sin tribuna conferida) y me senté a llorarle a la par que lo hacía su hermana y su madre, que también tenía mi nombre. No quise hacer el epitafio. Tampoco pude abrazar su cuerpo inerte, porque eligió el fuego para la huida. Sólo pude acariciar con la mirada perdida el ataúd que lo contenía como no supe hacerlo yo.

Todo el mundo tiene su suicida. Éste a mí me partió la adolescencia.

La descripción dice: “Animal herido. Estrella de navajas que me rebanó la pasión y me instaló la angustia”.

¡QUE TE QUIERA TU MADRE! (Bestiario Infinito, Nº 1)

"Tampoco te entiendo, pero mientras tanto
ábreme la jaula, que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más."
ALFONSINA STORNI (argentina)

Se ordenó en un moño alto el pelo color de ciruelas. Lo miró con una sonrisa a medio enarbolar y mientras lo hacía buscaba mecánicamente las llaves de la casa en la que no volvería a entrar. Cuando las encontró, cerró el bolso, se levantó lento y ahora sonriendo ya plenamente le dijo “Que te quiera tu madre, huevón”. Le hizo un cariño al gato que dormitaba en la silla, tomó el echarpe multicolor (que la hacía parecer un extraño papagayo en mitad del sur chileno), y se fue sin volver a mirarlo siquiera una vez. De eso, casi cinco años.
Tenía corazón de corsario. A ratos me devastaba. Bajaba de sus naves y tomaba todo lo que esta tierra guardaba, lo tomaba con fuerza y violencia, a punta de espada y de lengua ávida. Había vivido el doble que yo, pero a su lado me hice vieja porque aprendí la desconfianza, el temor, el esperar toda una noche y un día y otra noche más que regresara de quizás dónde. Me hice vieja de pensar que llegaría con sabor a bar y con poesía de Neruda a pedirme perdón y sexo, a exigirme la desnudez y el amor.
Pero tanto va el cántaro al agua que al final se rompe. Esta redondez de mujer pehuenche ya no quiso contener ni sus sudores, ni su semen y menos su sangre. Me fui sin pensar ni en el gato que me conocía más que él. Ni en mis plantas que terminarían muertas bajo su cuidado, ni tan siquiera en la bendita clepia que por generaciones estuvo en mi familia, donando su flor dura y fragancia dulce, sus cinco puntas blancas, sus cinco puntas amarillas y su centro rojizo.
Me fui y sólo escribí una pequeña reseña: “Animal de manos eruditas, lengua filosa y actitud errante. Puede provocar la hibernación del alma ajena”. Fue el inicio de mi Bestiario Infinito.